Abimael Guzmán, fallecido este sábado en prisión, lideró a los fanáticos de Sendero Luminoso con la rabia de los pobres sumada a la formación académica de los ricos

Fuente: El País

Abimael Guzmán, en prisión tras su captura en septiembre de 1992.STRINGER . / REUTERS

Hace exactamente 29 años, yo iba en un taxi hacia un bar del centro de Lima cuando la radio transmitió la noticia: la policía peruana había capturado a Abimael Guzmán. Nunca olvidaré ese momento.

El taxista y yo estábamos tan felices que nos abrazamos. Reímos como viejos amigos. Incluso me hizo una rebaja. Nos hermanaba como un vínculo familiar la esperanza de un país sin coches bomba, sin apagones por explosión de torres eléctricas, sin masacres a cuchillo, sin cadáveres dinamitados, sin perros colgados de los postes.

Bajo la dirección de Guzmán, las señas de identidad del grupo terrorista Sendero Luminoso eran escalofriantes. Sus atentados no sólo perseguían la destrucción de sus objetivos, sino el pánico de todos los que quedábamos vivos. Más de 30.000 personas fueron asesinadas con esos métodos. Siempre que podían, los asesinos dejaban en los cuerpos carteles que especificaban las razones de su muerte. Para que a nadie se le ocurriese repetirlas.

Por increíble que parezca, Guzmán no era capaz de realizar físicamente ninguna de esas acciones. No participaba en enfrentamientos militares. En la casa donde lo capturaron, ni siquiera había armas. Su trabajo era completamente intelectual.

Empezaba el día leyendo los periódicos y viendo los noticieros. Según esa información, calculaba dónde podía encontrar brotes de descontento popular. Pedía a sus huestes informes sobre el terreno, que procesaba con su equipo, como una oficina del terror. A continuación, planeaba campañas para captar a esos descontentos y tomar el control de sus comunidades, sindicatos o federaciones de estudiantes. Generalmente, para conseguirlo, hacía falta eliminar a los líderes, alcaldes o cualquier tipo de autoridad.

Con ese sistema, adaptado de la estrategia de Mao en China, Guzmán llegó a controlar un tercio del territorio nacional. No daba discursos ni salía en televisión. De hecho, durante años, se le creyó muerto. Pero era el único poder, el verdadero gobierno en buena parte de la Sierra peruana.

Si no era un pistolero, tampoco era pobre. O no exactamente. Guzmán fue el hijo de un abuso de clase. De un derecho de pernada. Su padre era un próspero hacendado arequipeño. Su madre, una mujer sin recursos, quizá una campesina, o una vendedora ambulante, que no podía ocuparse del niño y lo abandonó.

Para su suerte -no para la nuestra-, Guzmán fue recibido en casa de su padre, junto a muchos otros de sus hijos ilegítimos. Como miembro de una familia con dinero, asistió a un colegio religioso y estudió dos carreras. Pero no tenía derecho a heredar nada, y por lo tanto, no podía arraigar en la clase social que lo rodeaba. El cóctel resultante era letal: la rabia de los pobres sumada a la formación académica de los ricos.

De manera natural, su estrategia fue extender esa condición a su alrededor. Durante los años sesenta, llegó a jefe de personal del departamento de Educación en la universidad San Cristóbal de Huamanga, Ayacucho. Desde ahí, irradió profesores maoístas hacia los colegios de toda la Sierra Sur. Para cuando inició la lucha armada, en 1980, había formado a una generación entera de jóvenes.

Los alumnos de Guzmán estaban dispuestos a matar. Pero su jefe se negaba comprar armas, para no depender de otras guerrillas o Estados. Así que a veces, mataban cuerpo a cuerpo, con piedras o cuchillos, lo que los empujaba más allá del umbral del salvajismo. Además, esos chicos creían a toda costa que triunfarían. Y por lo tanto, no tenían miedo de morir. Abimael les había hablado de la “cuota de sangre” que debían ofrecer para cambiar la historia. En su opinión, la muerte solo los convertía en héroes.

El sistema de organización de Sendero potenciaba este aspecto. Si un atentado salía mal, no podía ser culpa de la policía, de la logística o de la mala suerte. Los miembros del comando organizaban una asamblea y culpaban al camarada encargado, por haber permitido que su miedo, su incapacidad o su individualismo estropeasen el plan.

Desde un punto de vista estratégico -asumiendo que el objetivo es volar al Estado en pedazos-, Guzmán fue hábil. Superó los fallos de la guerrilla cubana, que había fracasado una y otra vez en la región andina, se independizó de cualquier injerencia externa y puso en jaque al Perú como no lo logró ninguna otra guerrilla en el continente fuera de Cuba o Nicaragua. Pero esa misma frialdad lo hizo insensible a los intolerables niveles de sufrimiento quien producía, ya no en la élite poderosa de la capital, sino en los propios campesinos a los que decía defender. La derrota de Sendero Luminoso no solo se debió a la caída de su líder, sino también al abandono de sus bases rurales, campesinos e indígenas hartos de su violencia extrema y su fanatismo.

Ahora bien, el mayor muro de contención contra Guzmán no fue la policía o el ejército, sino los servicios públicos. En realidad, Sendero solo logró crecer donde el Estado no existía. Lo que pasa es que ese espacio era muy amplio. Ya he dicho que puso profesores donde no los había, aunque fuesen profesores fanáticos, porque no había con qué compararlos. También hizo juicios donde no había jueces, para procesar a violadores y abigeos. Y ofreció una milicia a la población. Donde las Fuerzas Armadas confundieron a los campesinos con comunistas y los reprimieron indiscriminadamente, legitimaron sin querer a esa milicia.

Para los habitantes de la costa, o de la Sierra Norte, para los peruanos de 40 años después, para mí mismo, el orden senderista sería una pesadilla infernal, una mezcla de autoritarismo, mojigatería y crueldad pura. Para muchos peruanos de zonas rurales de los años ochenta, era el único. La alternativa era la ley del más fuerte.

Hace un par de años, fui invitado a conversar con alumnos de un colegio público de Ayacucho, a pocas calles de donde Abimael había comenzado a formar su tropa. Los niños ahí me saludaron en español, quechua y un poco de inglés. Me enseñaron canciones y dibujos sobre la historia de nuestro país. Los que tenían más de once años, me hicieron preguntas sobre mis libros, y sobre otros de autores peruanos que hablaban sobre su historia. Algunos me descubrieron textos que yo mismo no conocía.

Ese día fue para mí tan emocionante como ese otro, en el taxi en 1992. Porque si un colegio como ese hubiese existido mucho antes, Sendero nunca habría podido crecer. Habría muerto de asfixia.

Guzmán supo aprovechar todos los espacios que el estado dejaba vacíos, y en particular, el de la mente de los jóvenes. Si queremos derrotar a la gente como él, es ahí donde debemos librar la batalla.