La rápida reacción de Berlín para vacunar muestra el desfase entre ambos países

Fuente: La Vanguardia

Alemania fue el enemigo histórico de Francia, pero, después de desangrarse en tres guerras consecutivas, entre 1870 y 1945, decidieron convertirse en socios y aliados. La rivalidad, sin embargo, continúa por medios pacíficos. Francia suele mirarse en el espejo germano en cuestiones económicas, científicas y hasta deportivas. La comparación es desoladora para París en lo referente a la crisis de la Covid-19. El vecino al otro lado del Rin ha reaccionado con más rapidez y eficiencia en todas las fases de la emergencia sanitaria. Ahora también lo hace en el tema decisivo de la vacunación.

Hay un dato incontestable que evidencia el desfase. Francia tiene 67 millones de habitantes y ha registrado más de 47.000 fallecimientos. La población de Alemania es de 83 millones y las muertes no han llegado a 14.000.

La primera ola de la pandemia pilló a Alemania mucho mejor preparada. Había hecho los deberes y su sistema hospitalario era más robusto. En Alemania había suficientes mascarillas y en Francia no. Los hospitales alemanes contaban con muchas más camas de cuidados intensivos. Hubo también más velocidad en producir y distribuir tests de PCR. El déficit francés se visualizó en los traslados de pacientes, en avión y helicóptero, a hospitales al otro lado de la frontera. Alemania prestó incluso un Airbus de la Luftwaffe, su fuerza área, una imagen de potente simbolismo.

Estos días los medios franceses destacan, admirados, la preparación alemana para vacunar con rapidez a su población. Muestran algunas de las 60 grandes instalaciones repartidas por el territorio germano que se están acondicionando a toda prisa para empezar pronto las vacunaciones masivas. Se están usando recintos feriales, polideportivos, bases militares. En Francia las cosas van otro ritmo. “Francia se prepara; Alemania ya está lista”, resumía ayer el diario Le Parisien en dos titulares. Alemania tiene la ventaja de haber coinventado una de las vacunas, la de BioNTech y Pfizer, mientras que la desarrollada por el instituto Pasteur va más retrasada y tardará en estar a punto.

Para Alemania, además, la vacuna es un negocio. La empresa Binder, situada en Tuttlingen –una pequeña ciudad del land de Baden Württemberg, muy cerca de la frontera francesa–, es líder mundial en congeladores ultrafríos que llegan hasta 90 grados bajo cero. Su factoría está trabajando a destajo produciendo estos frigoríficos. Cuestan unos 20.000 euros la unidad y los están vendiendo como rosquillas a todo el mundo. No dan abasto de tantos pedidos.

Ante un desafío como el de la Covid-19, la fortaleza de la industria y la eficiencia del sistema administrativo y de toma de decisiones políticas de un país se ponen a prueba. Alemania, con su régimen federal basado en el pragmatismo y en la lealtad institucional, ha puesto en evidencia el sistema vertical y centralista francés. Una burocracia es más ágil que la otra.

Los fallos del sistema francés quedaron expuestos, negro sobre blanco, en el informe interino sobre la gestión de la pandemia encargado por el Elíseo al profesor suizo Didier Pittet, célebre por inventar el gel hidroalcohólico que tanto se utiliza para la higiene de manos. Pittet constató las disfunciones, debilidades administrativas y “rigideces institucionales” francesas. El auditor observó errores en la anticipación de la crisis y en su gestión. A veces se trató de fallos aparentemente banales pero importantes, como la falta de comunicación entre laboratorios para fabricar los reactivos necesarios para las pruebas PCR. Mientras que Alemania trabajó en cooperación con los laboratorios veterinarios.

La verticalidad francesa quedó patente otra vez, ayer, al anunciarse que Emmanuel Macron, en una nueva alocución televisada, en la noche del próximo martes, comunicará al país si hay pasos para relajar el confinamiento y las restricciones a los comercios y restaurantes. Hasta entonces nadie sabrá a qué atenerse. Es verdad que hay una consulta previa del Gobierno con los partidos, agentes económicos y poderes territoriales, pero al final es Macron en persona quien decide, a menudo en el último minuto, con una liturgia pseudomonárquica propia de otros tiempos. La colegialidad alemana, aunque también presenta tensiones y contradicciones, y la humildad institucional de Merkel han ganado la partida de los resultados. Francia no se ve bien en su espejo.