Las teorías conspirativas forman parte del código genético estadounidense. Según los historiadores, el movimiento de independencia de la colonia británica surgió a partir de un bulo.

Fuente: La Vanguardia

La expresión “hechos alternativos” no la ha inventado la Administración Trump.

En Estados Unidos todavía hay gente que cree que Elvis Presley no ha muerto, que el hombre no ha pisado la Luna, que al presidente Kennedy lo pudo matar cualquiera menos su asesino, que los atentado del 11-S consistieron en un trabajo desde dentro, que Barack Obama es africano y terrorista o que la matanza en la escuela Sandy Hook, en Newtown (Connecticut), fue una escenificación para confiscar armas.

Desde la madrugada del 4 de noviembre está en marcha otra conspiración, propiciada por el que debería ser el faro moral de la nación. El presidente Trump ya había avisado que su derrota en las elecciones se debería exclusivamente a un fraude en el voto por correo o en el recuento.

A pesar de que un informe de su administración señaló que estos comicios han sido los más limpios de la historia y de que los tribunales le van denegando sus demandas, Trump sigue sin reconocer a Joe Biden como ganador, sin cesar en la propagación de falsedades. Su discurso, canalizado por Twitter, ha calado entre los suyos. Una encuesta de Reuters-Ipsos indica que el desafío de Trump a la verdad, con el cuestionamiento a que Biden le ha superado en el voto popular (79,2 millones por 73,4) y en el electoral (306 votos por 232), está afectando a la confianza pública, en especial entre los conservadores.

En total, el 73% de los encuestados afirma que Biden es el ganador, contra un 5% que piensa que lo es Trump. Pero los republicanos sospechan de un robo. Un 52% de estos asegura que Trump “ganó legítimamente”. Esta cifra baja al 29% respecto a su rival.

Al 68% de republicanos le preocupa que las elecciones hayan estado amañadas. Solo el 16% de los demócratas y un tercio de los independientes lo creen. La encuesta se hizo del 13 al 17 de noviembre, cuando los esfuerzos del presidente por desvirtuar a las urnas caían en saco roto.

La consecuencia de este sondeo se alinea con otros, como el de Pew Research Center de hace un par de meses. Su encuesta demostró que en torno a un tercio de los votantes republicanos consideró que la Covid-19 era una enfermedad planeada o inventada para socavar los logros de Trump.

Mientras se espera la certificación oficial del resultado electoral, el presidente está encerrado en la Casa Blanca propagando sus agravios y sin mencionar en absoluto la expansión de la pandemia, como si no existiera. En el país se ha registrado el récord de 100.000 ingresados en los hospitales, con más de 11,3 millones de infectados y se ha alcanzado el hito de los 250.000 muertos.

Frente a la dejadez de sus funciones, los expertos de su administración alertaron de que, de continuar así, estas Navidades podría haber una media de 2.000 muertos diarios en EE.UU.

Durante este mandato, la conspiración de QAnon ha tomado cuerpo. Esta especie de secta sostiene que Trump ha venido a liberar al mundo del “Estado profundo”, en el que una confabulación de liberales y servicios de inteligencia disponen de una red de trata sexual de menores.

Este contexto ha dejado huella. En la encuesta de Reuters-Ipsos, el 55% expresó su convicción de que las elecciones del 3 de noviembre fueron “legítimas y correctas”. Son siete puntos menos que la respuesta a la misma cuestión en el 2016. El 28% insistió en que el resultado incluye votos ilegales, 12% más que la otra vez.

Barack Obama, el antecesor en la Casa Blanca, lo resumió de esta manera en una entrevista en el programa 60 Minutes de la CBS.

“Lo que hemos visto –recalcó– es lo que alguna gente llama la decadencia de la verdad, algo que se ha acelerado con el presidente saliente, la idea de que no solo no hemos de decir la verdad, sino que la verdad no importa”.