Liberar las patentes: el gran reto que empieza

Fuente: Jugo de Caigua

El anuncio de las cuarentenas despertó una novedosa necesidad humana: hacer pan. Mis amigos hacían pan, mis vecinos hacían pan, todos hacíamos pan. Las redes se llenaron de fotos de panes grandes y chiquitos, de panes envidiables y de algunos intentos incomibles, y no tardaron en aparecer recetas fáciles para hacerlo en casa con la menor cantidad de ingredientes.

Ahora nuestras redes sociales ya no muestran fotos de panes: nos enseñan a nuestros adultos mayores vacunándose. Más de un millón de peruanos ya lo han hecho al son de salsa, cumbia y ritmos de ingenieros. Mientras tanto, miramos con envidia —necesaria—a nuestros vecinos del norte y del otro lado del océano y les exigimos: “pásate la receta… pero de las vacunas”. 

Esta semana Estados Unidos se ha sumado a más de 100 países para pedir la liberación de las patentes de la vacuna del COVID-19, pero aún faltan dos de los grandes actores: la Unión Europea y las farmacéuticas. Sin ellos, este largo proceso de vacunar a la población universal se hará aún más largo.

Solo un mínimo porcentaje de personas se ha vacunado, y la mayoría de ellas vive en países que están frenando la liberación de las patentes. El resto no se vacuna porque no hay vacunas. Las farmacéuticas quieren producir más vacunas, los gobiernos quieren comprar más vacunas y los ciudadanos queremos tener nuestro carné de vacunación completo. Pero la realidad es diferente. Las cadenas de producción no son suficientes, la mano de obra especializada es poca y las farmacéuticas no quieren compartir sus fórmulas secretas.

Los expertos coinciden en que liberar el conocimiento encerrado en las patentes de las vacunas nos ayudaría a terminar con la pandemia. No es la solución absoluta, pero por algo hay que empezar, ¿no?

Las patentes y otras estrategias para resguardar el conocimiento no son un capricho de la industria. Estos mecanismos tienen diversos objetivos. En el caso de las patentes, su objetivo es reconocer la “propiedad intelectual”. Es decir, reconocer que una persona o institución ha desarrollado determinado conocimiento y puede excluir a otros de usarlo, venderlo, ofrecerlo o importarlo por un determinado tiempo. De esta forma se patentan medicamentos, sistemas, partes de carros, variedades de plantas, procesos y lo que sea que la mente cree y que las leyes de patentes lo permitan. 

Las patentes también son consideradas como un incentivo para la industria. Este es el principal argumento de quienes se oponen a su liberación en el caso de las vacunas del  COVID-19. Porque salvar vidas en una pandemia que continua su avance por el mundo no es motivación suficiente, las farmacéuticas y los gobiernos necesitan asegurarse de que solo ellas puedan usar el conocimiento que han producido. Liberar las patentes podría enviar el mensaje erróneo, desanimando a las empresas que invierten en investigación y desarrollo a dejar de hacerlo. Si no hay nada que les asegure que solo ellas podrán usar la tecnología que han creado, ¿cómo podríamos asegurarnos de que se involucren en una siguiente pandemia?, se preguntan. 

Sin embargo, las patentes no son la única estrategia que aseguran a las farmacéuticas el retorno de su inversión. En el caso de las vacunas del COVID-19, la demanda continúa excediendo a la producción. Las farmacéuticas aún mantienen contratos por cumplir con los gobiernos. Y, en última instancia, siempre existirán países —y sobretodo políticos— que prefieran la versión de marca que el genérico. Sin contar las estrategias de marketing, diseño, etc. ¿O acaso alguien conoce al Sildenafil? No, la mayoría conoce a la pastillita azul que, hasta antes de la vacuna, era el producto estrella de Pfizer. 

Los que recibimos con entusiasmo los avances para la liberación de las patentes debemos escuchar un poco a los escépticos. Si bien la liberación va a permitir que terceros produzcan sus propias vacunas, no les va a resultar un proceso sencillo. Se deben prever los cuellos de botella.

Cada paso y componente de las vacunas podría significar un estancamiento de la producción. Para poder formular una vacuna se necesita de diferentes componentes, algunos más fáciles de obtener que otros. En el caso de las vacunas de ARN, como Pfizer y Moderna, estas utilizan componentes que a su vez están patentados y que pertenecen a empresas con limitada producción. Por ejemplo, es posible que la producción de la vacunas exceda a la capacidad de empaquetarlas, ya sea por la poca capacidad en el proceso del llenado y hasta la falta de “botellitas” disponibles. 

Felizmente, en la liberación de las patentes no todo son propuestas populistas como las que se dieron en Perú hace poco. Muchos de estos cuellos de botella pueden reducirse con la logística y la coordinación indicada. La OMS, de la que tantas veces hemos renegado durante la pandemia, podría tener un rol protagónico en unir a las farmacéuticas y los fabricantes de las vacunas. Desde ya están coordinando servicios para asegurar el correcto llenado de las vacunas, la posibilidad de que las empresas y universidades trasladen el conocimiento intelectual a terceros vía la OMS, asegurar que también se pase el “cómo seguir la receta” para asegurar el éxito de las instrucciones y coordinar el esfuerzo de expertos de todo el mundo. 

Y así empezamos a ver una nueva etapa sobre el rol de las patentes, de las farmacéuticas y de los gobiernos. Luchando egoístamente por mantener el conocimiento mientras millones de personas lo necesitan. En Perú tenemos nuestras propias batallas: contra la desinformación, contra quienes argumentan que no tenemos vacunas porque los privados no las venden, y contra el dióxido de cloro que solo en nuestro Congreso parece seguir siendo un tema relevante. Como van las cosas, solo nos queda mirar a nuestros vecinos y decirles: pásennos la receta… ¡para invertir en ciencia y tecnología!