Flores-Aráoz es quien ha tomado el rol de comunicador del Ejecutivo, frente a un Merino que se ha recluido y quien apenas ha hablado en público desde su asunción, salvo para indicar que lo que pasa en Perú “no es responsabilidad del Gobierno de transición” .

Fuente: Agencia EFE

No entender o no querer o no saber o todo a la vez. El Gobierno de transición dirigido por Manuel Merino afronta una crisis nacional atenazado por su incapacidad de aproximarse a las exigencias de una población indignada que refleja su profunda desconexión con la realidad del país.

En Perú, de forma evidente en la última semana, pero larvada y cultivada durante los últimos años, coexisten dos realidades que acaban de colisionar con fuerza, detonadas por la destitución a manos del Congreso del expresidente Martín Vizcarra, considerada constitucionalmente ilegítima por la mayor parte de la población.

Por un lado están los miles de manifestantes que salen diariamente a la calle a protestar contra Merino y su Gobierno dirigido por el primer ministro Ántero Flores-Aráoz, los que inundan las redes sociales con su indignación y los que cada noche atruenan las ciudades de todo el país con sus cacerolas desde las ventanas.

“Y, en el otro lado, hay una representación política con una precaria posición, desconectada de las calles y la ciudadanía, encerrada con gente que los adula. Muy conservadora, hasta el punto de perder el contacto con la realidad y que vive en un mundo conspirativo que llega a decir que son el terrorismo y el chavismo lo que mueve las calles”, dijo la politóloga Paula Muñoz, profesora de la Universidad del Pacífico.

No quieren ver

Flores-Aráoz es quien ha tomado el rol de comunicador del Ejecutivo, frente a un Merino que se ha recluido y quien apenas ha hablado en público desde su asunción, salvo para indicar que lo que pasa en Perú “no es responsabilidad del Gobierno de transición” y que su mayor tacha, hasta el momento, ha sido fallar en transmitir esa falta de culpa.

Estas intervenciones, junto con las ocasionales del resto del Ejecutivo, sólo parecen agrandar el abismo entre ambos sectores.

Por ejemplo, el flamante premier, de 78 años, indicó sucesivamente que “no entendía” el motivo de las protestas, que la gente era víctima “de una gran confusión”, que la asunción de Merino fue “plenamente constitucional” y que si le envían “representantes” estaría dispuesto a hablar con ellos.

Sin embargo, prefirió lamentar que durante los incidentes “se rompieron catorce patrulleros” y hubo varios policías heridos, antes que referirse a los dos heridos graves de perdigones que se produjeron el pasado jueves en las protestas.

Tampoco dio importancia a la presencia de policías de civil en la marcha – lo que antes había negado -, o a que se dispararon perdigones – que también negó y luego justificó pese a que no lo habilitan los protocolos -.

De forma paralela, varios ministros de su gabinete ultraconservador dijeron que la movilización ciudadana perturba “el derecho a trabajar de la gente”, o que la “población está siendo incentivada” a participar a través de “propaganda”, e incluso que están siendo organizadas y/o infiltradas por simpatizantes de Sendero Luminoso.

Generaciones

La desafección al Gobierno y la desconfianza que suscita más allá de sus políticas concretas también está siendo abonada por la enorme “distancia generacional” entre las calles y “un gabinete políticamente conservador que nunca hubiera llegado al poder por la vía electoral”.

Ante una movilización masiva, descentralizada, joven y feminizada, sin líderes ni programas expresos salvo la defensa de los mínimos estándares democráticos y el rechazo ante la política peruana tradicional asentada en el “interés personal, el clientelismo, la corrupción, la mentira evidente, las componendas y el abuso”, este Ejecutivo no sabe cómo reaccionar.

“No entienden que el mundo ya cambió, son políticos del siglo pasado. El motor de las protestas son las generaciones de las redes sociales, que se expresan y organizan de forma rápida, descentralizada, en un entorno que Merino y su gente no conoce para nada y que además son las que canalizan esta crisis a falta de espacios como partidos o la sociedad civil”, apuntó Muñoz.

Ante esta oposición, para la analista no es raro que políticos “duros y torpes” como los del Ejecutivo, conforme van hablando, metan “más la pata”.

Agenda personal

A estas deficiencias se une que “de momento, la agenda política demostrada es una que sólo tienen intereses personales en juego”, como indicó la politóloga Adriana Urrutia, presidenta de la Asociación Transparencia.

La analista se refirió así a los poco disimulados intentos por interferir, en apenas cinco días en el poder, en la administración de Justicia, la reforma universitaria y los medios públicos de comunicación, sin contar con la defensa de la dura represión a la oposición en las calles.

“Ese es su problema, pues su política son intereses personales y su único fin parece ser la defensa de esos intereses, no hay otro racional. Por eso no les ha importado llamar a la TV pública para que no pasen las movilizaciones en su contra. Vamos cinco días y las señales ponen en cuestión la sobrevivencia del gobierno, sólo por las torpezas en las que incurre”, añadió.

De un modo similar lo ve Mónica Moreno, jefa de prensa del expresidente Vizcarra para quien, más allá de que a su juicio se trata de un gobierno “ilegítimo”, el problema de Merino es que “no existe” su comunicación pública porque “no tiene un discurso, no tiene un interés en la gente”.

“Están aislados, despachando fuera del Palacio de Gobierno, sin imágenes públicas ni transparencia, y eso hace que pierdan aún más legitimidad. Es una política de comunicación claramente equivocada ante un país que despierta de un letargo”, afirmó.

Apoyo se deshace

Sin ninguna base social y sólo amparados, de momento, por el Congreso que abrumadoramente votó a favor de destituir a Vizcarra, la evolución de los hechos habla también de una endeble posición para Merino, que empeora a cada momento.

“No tienen base y no van a saber conseguirla. Tomaron el poder sin saber ejercerlo y sin entender que hay que dialogar, y ese rol no lo asumen, pues nunca estuvieron vinculados a lo que los peruanos quieren o están muy lejos de ello: calidad educativa, que se respeten derechos y libertades, una nueva forma de hacer política, la representación popular…”, indicó Urrutia.

Tal ha sido el rechazo a Merino y su gobierno que en el Congreso ya hay fisuras y tímidos intentos por dar una “marcha atrás”, que también se explica por el miedo de algunos partidos a las consecuencias electorales de su votación parlamentaria.

Así, varios grupos que apoyaron la vacancia, de la misma forma que algún diputado a título individual, negaron ya su respaldo al nuevo Ejecutivo, mientras que otros toman pasos para distanciarse mientras miran de reojo lo que pasa en las calles del país.

“El Congreso es un signo de la precariedad política. También están desconectados de la realidad. Nadie entiende porqué votaron como votaron. Ahora están ‘ups, metí la pata’ por guiarse solo por cálculos personales. Ahora retroceden, pues nunca pensaron en las repercusiones y ven que esto les afecta”, acotó Muñoz.