Al 31 de agosto, 6.019 escuelas estaban brindando clases semipresenciales en todo el país, según el Ministerio de Educación. Esto representa al 5,3 % de colegios peruanos y abarca, apenas, al 2,9 % de estudiantes matriculados. A partir de la segunda semana de este mes, se incorporarán algunos colegios de Lima Metropolitana y Callao en un plan piloto, pero el avance sigue siendo lento. Diversos especialistas advierten que las consecuencias socioemocionales y económicas de la educación a distancia en un país tan desigual serían enormes: de no recuperar los aprendizajes, esta generación de estudiantes perdería, en conjunto, alrededor de S/ 645.177 millones a lo largo de su vida laboral.

Fuente: Ojo Público

AUSENCIA. Después de 18 meses, el 97% de estudiantes peruanos continúa sin volver a las aulas. Foto: Andina

En su último año de secundaria, José*, adolescente limeño de 15 años, comenzó a trabajar. Llevaba varias semanas sin entrar a clases virtuales porque no tenía un celular: le han robado tres en los últimos meses. Su barrio en Villa María del Triunfo, un distrito popular al sur de Lima, es algo peligroso. La madre le dijo que ya no le puede comprar ni un aparato más. Por eso, el chico prefirió ganarse algunos soles haciendo “cachuelos” en talleres de carpintería. Quizá así podría conseguir un nuevo smartphone. Ahora, en lugar de manipular a diario cuadernos y libros, José lleva sus manos y ropas manchadas de pintura y polvo. Su actividad escolar se ha reducido a mandar las tareas resueltas —las que entiende—, por las noches. Algunos profesores han aceptado, otros le exigen reintegrarse a las sesiones por Zoom.

―¿No te hubiera gustado llevar tu último año de colegio con clases presenciales? 

―Sí, me hubiera gustado… voy a repetir creo ―dice José y suelta una risa nerviosa.

No conoce a ninguno de sus compañeros de clase en persona, ni ha conversado con ellos. El año pasado, las penurias económicas que trajo la pandemia obligaron a su familia a cambiarlo de un colegio particular a uno nacional. El jovencito no se ha podido integrar al nuevo grupo, prefiere andar con sus nuevos amigos del trabajo. A pesar de que muchas veces debe esforzarse mucho y no le pagan lo justo. 

―Me pagan 40 soles al día ―dice con el timbre de su voz a punto de extinguirse.

―Di la verdad ―interviene su madre―, di que a veces te explotan y no te dan lo que mereces.

José es uno de los 8 ‘029.410 estudiantes peruanos, el 97,2 % del total, que aún no puede volver a las aulas después del cierre de colegios por la Covid-19. Este inmenso grupo de niños, niñas y adolescentes están sufriendo las consecuencias de una clausura mayoritaria que ya lleva casi 18 meses. 

Diversos especialistas han realizado algunas proyecciones sobre cuál sería el impacto económico y socioemocional del prolongado cierre de escuelas en el país. Uno de ellos, el economista Pablo Lavado, estima que la pérdida de unos dos años de clases significaría S/ 78.991 menos durante la vida laboral de cada escolar de esta generación. Esto equivale a S/ 645.177 millones durante la vida laboral de todos los estudiantes peruanos en conjunto y al 118 % del producto bruto interno (PBI) actual. 

“Es lo que podría ocurrir si no se hiciera nada por remediar o mejorar el estado de la educación y, si el niño empieza a trabajar entre los 25 y 65 años ―explica Lavado―. Desde el inicio caímos en una dicotomía peligrosa: economía o salud o, por otro lado, salud o educación. Esto ha generado que la discusión se polarice, la gente tira para un lado o para el otro, pero han dedicado poco tiempo a pensar en puntos medios por los que podemos avanzar”.

El proceso de reapertura de las escuelas para clases semipresenciales (dos a tres veces por semana, dos a tres horas al día) comenzó el 19 de abril pasado, pero avanza muy lentamente. Al 31 de agosto, el informe del Ministerio de Educación (Minedu) más reciente al que tuvo acceso OjoPúblico, 6.019 escuelas estaban funcionando con semipresencialidad. Es decir, solo 5,3 % de las 111.640 que hay en el país. Estas acogen a 246.760 estudiantes y 16.490 docentes. Sin embargo, ese número de niños y adolescentes representa apenas el 2,9 % de la población escolar. 

“La estrategia es poder avanzar todo lo que se pueda este año en semipresencialidad ―dijo José Carlos Vera, hasta hace unos días director general de Gestión Descentralizada del Minedu** a OjoPúblico―. Estamos concentrados en trabajar con ciudades grandes: Lima Metropolitana, por ejemplo”. 

El Minedu ha anunciado que el 15 de setiembre abrirán los primeros 16 colegios de Lima y el Callao, pero con planes piloto. Esto quiere decir que, aunque no necesariamente hay algunas condiciones epidemiológicas favorables en sus distritos (Miraflores, Surco, Chorrillos), estas instituciones se han acogido a las medidas de excepción, han logrado elaborar complejos planes de retorno y han llegado a acuerdos con los padres de familia y la Unidad de Gestión Educativa Local (UGEL). De ese total, 15 son privadas y una es pública y, en conjunto, atenderán a 13.371 estudiantes bajo la modalidad semipresencial. 

El colegio estatal del quinceañero José, en el tradicional distrito limeño de La Victoria, no figura en la reducida lista. 

―Más fácil es estudiar presencial, hay cosas que no entiendo ―dice el adolescente, pero ya no creo que vuelva ¿no?. Bueno, ahora que trabajo. siquiera me puedo comprar mi ropa.

Razones para la demora

Antes de responder la pregunta, Carmen Zuñiga ―la madre del estudiante y trabajador José y de Thiago*, un niño de ocho años― titubea por unos segundos. 

―¿A usted le gustaría que los colegios estuvieran abiertos? 

―Mmm… si no hay ningún problema de pandemia, por salud mental de los niños, deberían abrirlos ―dice la mujer de 47 años, oriunda de la región altiplánica de Puno. 

Zúñiga necesita un descanso. Trabaja en las madrugadas de niñera, cuidando a dos pequeños, en un barrio vecino. Como los niños duermen, dice que ese es el momento en el que aprovecha para dormir también, por lo menos un poco. Cuando llega a su casa, por las mañanas, se dedica a atender a sus propios hijos, José y Thiago, y a cocinar. Luego, sale a apoyar a las ollas comunes de su barrio. En la tarde noche, le toca ayudar a Thiago, que está en segundo grado de primaria, a resolver sus tareas. Su marido trabaja en construcción y llega a casa por las noches, agotado. 

―Una tiene que estar ahí como maestra y no es suficiente, porque yo no tengo estudios ―reniega Zúñiga―. No sé cómo enseñar, mi hijo no me hace caso. ¿Cuánto tiempo más estaremos así? 

Un mapa interactivo preparado por la Unesco muestra que el Perú registra 62 semanas de cierre de escuelas. Según Jaime Saavedra, director global de Educación del Banco Mundial, las interrupciones de clases presenciales ―con hasta 200 días perdidos― han ocurrido en los países del sur de Asia, Oriente Medio y América Latina.

“Dentro de América Latina, el único país que pudo abrir relativamente rápido ha sido Uruguay. El resto está casi en 200 días perdidos ―señala Saavedra―. Necesitamos crear un sentido de urgencia: las pérdidas que se están viendo y el costo que hay en términos de aprendizaje, de salud mental, de socialización de los chicos es extremadamente alto”.

Por su lado, José Carlos Vera, exdirector general de Gestión Descentralizada del Minedu, explicó que los colegios peruanos deben cumplir una serie de etapas para abrir. Una de ellas es convertirse en un “servicio educativo habilitado”. Para conseguirlo, ha de cumplir con las condiciones de contexto. Estas se dividen en condiciones epidemiológicas (tener ciertos porcentajes en las tasa de mortalidad Covid-19, tasa de letalidad, tasa de incidencia de casos, determinado número de ocupación de camas hospitalarias, avance en vacunación) y condiciones territoriales (movilidad estudiantil, ruralidad). La supervisión de este cumplimiento está a cargo del Ministerio de Salud (Minsa) y del Minedu.

“LA PÉRDIDA DE UNOS DOS AÑOS DE CLASES SIGNIFICARÍA S/ 78.991 MENOS DURANTE LA VIDA LABORAL DE CADA ESCOLAR DE ESTA GENERACIÓN.

Ahora bien, estas condiciones de contexto han sido modificadas varias veces a través de excepciones a la norma, aprobadas en distintas resoluciones ministeriales. Con esos cambios es que se han logrado abrir las escuelas rurales y, luego, las escuelas urbanas. La Resolución Ministerial 121-2021, de marzo, aprobaba el documento “Disposiciones para la prestación del servicio en las instituciones y programas educativos públicos y privados de la Educación Básica de los ámbitos urbanos y rurales, en el marco de la emergencia sanitaria de la COVID-19”. Este especificaba todas las condiciones que debían cumplir las instituciones educativas para aperturar sus aulas. En mayo, fue modificado por la Resolución Ministerial 199-2021, así es como los colegios rurales pudieron abrir sus puertas. Y, en julio, con la Resolución Ministerial 273, se hicieron nuevas variaciones al documento, para que los colegios urbanos puedan empezar clases semipresenciales. 

En Perú, la habilitación de los colegios va por buen camino: de los 111.640 servicios educativos que existen, según el Minedu, hasta el 31 de agosto de 2021, había 76.864 habilitados, es decir el 68,8 % del total. De todos ellos, 67.313, son públicos, y 9.551 privados. ¿Por qué, entonces, solo algunas de esas escuelas habilitadas han comenzado a brindar clases semipresenciales?

La respuesta está en que los colegios, además de estar habilitados, deben ser “aptos”. Para lograrlo, deben cumplir con dos requisitos: condiciones de bioseguridad —tener espacios abiertos o ventilados, el aforo permitido, mascarillas para todos, acceso a limpieza (agua, jabón, alcohol)— y condiciones sociales —la comunidad educativa debe estar de acuerdo con el retorno a clases—.

Las condiciones sociales son, tal vez, las más difíciles de cumplir, pues involucran una preparación y coordinación, muchas veces infructuosa, entre los directores de las escuelas y los padres de familia. Y, también, entre los directores y las Unidad de Gestión Educativa Local (UGEL), las Direcciones Regionales de Educación (DRE) e incluso los Gobiernos Regionales (Gore). 

Otro problema en este tortuoso camino es que las escuelas alisten su “Plan de Implementación”. Este es un extenso documento, cuya elaboración lidera el director de la institución y debe incluir, solo por mencionar algunos de sus contenidos, las actividades pedagógicas que realizarán tras el regreso a las aulas y sus objetivos, las medidas para asegurar la limpieza y desinfección, y para asegurar un espacio seguro (aforo, ventilación, señalización, anuncios).

“PAUL NEIRA: SOLO HACE FALTA QUE LAS UGELES Y LOS DIRECTORES GESTIONEN EL PROCESO PARA ABRIR DENTRO DE SUS ESTABLECIMIENTOS.

Paul Neira, especialista en política educativa y fundador de The Learning Factor, considera que la demora en la reapertura de los colegios habilitados (los que cuentan con las condiciones de contexto) es un problema del último nivel de gestión. “Lo que está faltando es la gestión dentro del colegio, porque la normativa y el reglamento del Minedu y el Minsa los apoyan. Solo hace falta que las ugeles y los directores de los colegios gestionen el proceso dentro de sus establecimientos para determinar si lo abren o no”. 

Muchas madres y padres piensan que la información que reciben es confusa e imprecisa. Milagros Saenz, mamá de tres niños de primaria y vocera del movimiento Volvamos a clases Perú, acepta que le ha tomado tiempo entender lo que está pasando: “Las normas son muy complejas. Nosotros hemos tenido oportunidad de hablar con autoridades del Minedu y ahora sabemos un poco más, pero todavía tenemos dudas ¿Imaginas cómo será para un padre que ni siquiera se puede comunicar con el director del colegio?”.

José Carlos Vera, exfuncionario del Minedu, reconoce que todo el proceso es complicado y no necesariamente facilita la apertura de las aulas: “Con la nueva gestión del Ministerio de Salud estamos siempre revisando indicadores para ver si hay alguna oportunidad de flexibilizar y, digamos, cambiar un poco el enfoque: que lo mandatorio sea el abrir y la excepción el cerrar. Hoy todavía tenemos un esquema donde la regla es mantener cerrado los colegios, y solo si las condiciones lo permiten, abrirlos. Queremos darle la vuelta a esto, pero cuándo ocurrirá aún no lo puedo asegurar”.

El contagio y la vacunación docente

Distintos estudios científicos han demostrado, hasta el momento, que los colegios no son grandes puntos de transmisión del virus, si se siguen los cuidados adecuados, sobre todo la buena ventilación. En un reciente artículo para el Banco Mundial Blogs, Jaime Saavedra hace un breve recuento de estudios del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades o de países como Alemania y Estados Unidos ―países que regresaron a las escuelas entre la primera y segunda ola―, que demuestran que las aulas abiertas no implican mayores contagios para alumnos, profesores o el resto del personal. 

En Perú, las medidas preventivas se han tomado con algo de lentitud. Al 31 de agosto, el 59% del personal de las instituciones educativas (docentes, directores, auxiliares, personal administrativo) había recibido dos dosis de la vacuna, según el reporte que el Minedu le alcanzó a OjoPúblico. El 71,96%, una dosis. 

Por otra parte, la vacunación priorizada para los docentes inició los primeros días de julio. Entonces se puso en marcha el objetivo de inmunización de 185.000 maestros de zonas rurales de 18 regiones del país. Mientras que el 3 de setiembre, comenzó la vacunación de docentes de colegios de zonas urbanas a nivel nacional. Con esta nueva etapa se espera vacunar a  131.471 profesores de zonas urbanas y continuar con la inmunización de 45.825 de docentes de sectores rurales.

“Si comparas, salvo los médicos que tienen alrededor del 100 % de su personal vacunado, no existe ninguna profesión en Perú que tenga tales niveles de cumplimiento de doble vacuna y con esta vacunaton, ya debería alcanzarse casi un 100% ―comenta el experto en políticas educativas Paul Neira―. Entonces el obstáculo de ‘el profesor no está vacunado’, ya no es razón para no abrir colegios”. 

Los estudiantes desfavorecidos

Angel Valerio, presidente de la Central Asháninka del Río Ene, siente temor de empezar de nuevo con la apertura de las aulas. En Junín, la región del centro del país en la que vive, ya hay 258 colegios en clases semipresenciales. Sin embargo, hace más o menos dos semanas, la Dirección Regional de Educación puso en pausa la reapertura de los colegios que aún estaban en proceso, debido a la confirmación de casos de la variante Delta en su territorio. El apu Valerio está convencido de que comunidades indígenas como la suya, adonde difícilmente llega la señal de Internet y muy pocos habitantes cuentan con smartphones o computadoras, no pueden sostener la educación a distancia. 

―Aquí primero, segundo y tercero [grado] van de lunes a miércoles, y cuarto, quinto y sexto [grado], jueves y viernes ―dice Angel Valerio―. Así tiene que ser, porque no hay otra forma de educar a nuestros niños. 

Para Jaime Saavedra, no se puede dilatar más el proceso de reapertura. “El punto central es que, como sociedad, debemos crear un sentido de urgencia sobre que los chicos retornen a sus aprendizajes y traten de recuperar el tiempo perdido ―apunta―. No solo por parte del Minedu, sino de la sociedad en su conjunto”. 

Del total de colegios que brindan clases semipresenciales, el 97,36 % se encuentran en zonas rurales (5.860) y 2,64 % en zonas urbanas (152). La región con más escuelas en semipresencialidad es, hasta ahora, Loreto (2.539), luego siguen Ucayali (887) y Ayacucho (628). La región con menos colegios abiertos es Tumbes (1), y las que no tienen ningún colegio abierto son Áncash, Apurímac, Lambayeque y Lima Metropolitana.

¿Cómo evitar que la pandemia continúe ampliando las brechas de la desigualdad? Según el economista Hugo Ñopo, el impacto inmediato ya es muy diferenciado entre los estudiantes del país. “Algunas familias tienen capacidad para contratar a un profesor particular, a una psicóloga que atienda las necesidades socioemocionales de sus chicos. Hay hogares que pueden financiar eso y atender las carencias cognitivas y socioemocionales cuando aún están a tiempo ―explica―. Otros hogares no. Eso es algo que transcurre y las huellas quedan ahí, y mientras más se demoren en atender hay más daño incurrido, tanto en el corto como el mediano y en el largo plazo”.

Verónica Valdivieso, directora de Save The Children en Perú, coincide en que hay una urgencia por abrir las escuelas, sobre todo por la situación de los más vulnerables. “La Covid-19 está dejando a muchos al margen del aprendizaje. Es un grave riesgo para una generación completa de niños, niñas y adolescentes, pero los más vulnerables están sintiendo grandes barreras de aprendizaje―cuenta―. Esto les arrebata oportunidades de un futuro mejor. Es urgente que puedan retomar sus clases de forma segura, lo antes posible. Debería ser una prioridad para el país en la respuesta a la pandemia”.

Quien también viene monitoreando el impacto desigual en los aprendizajes escolares es Jaime Saavedra, del Banco Mundial: “En el tema de desigualdad tenemos datos para países más ricos. En Estados Unidos, Reino Unido, Holanda, Bélgica ya ha habido mediciones acerca del impacto sobre los aprendizajes y ahí se encuentra que es un impacto mayor sobre chicos más vulnerables”. Además, señala que las mediciones de ese tipo para los países en desarrollo aún se desconocen. 

NO SE REALIZA UNA EVALUACIÓN CENSAL DEL APRENDIZAJE DE LOS ESCOLARES DESDE 2019. POR ESO, ES IMPOSIBLE SABER CUÁNTO HAN APRENDIDO O DEJADO DE APRENDER.

En Perú, no se realiza una evaluación censal del aprendizaje de los escolares desde 2019. Por eso, es imposible saber cuánto han aprendido o dejado de aprender los niños y los adolescentes en este último año y medio, respecto a los años anteriores. Tampoco en qué lugares se han dado las mayores pérdidas. 

José Rodríguez, doctor en economía de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), considera que esa información es crucial para adoptar decisiones pertinentes y de forma focalizada. “Desde la política pública es importante tener esa info para saber qué medidas se despliegan. El gobierno no podría decir ‘todos lo hacen igual’, habría que considerar que ha habido diferentes formas, esfuerzos y logros en distintos lugares ―dice―. El tema es saber cómo desplegar las estrategias para complementar o resarcir o cubrir lo que cada quien no pudo cumplir. Eso es parte de las piezas que debemos poner sobre la mesa”.

Además, el deseo por regresar a las clases en persona no es una ilusión o un invento. Según una encuesta de la consultora DATUM, hecha a 1230 personas entre julio y agosto, el 69% de padres está de acuerdo con que sus hijos acudan a clases presenciales. La necesidad del retorno a las aulas aumenta a medida que el nivel socioeconómico baja. En el sector socioeconómico E (el más pobre), el 76,4% de padres aprobarían la medida.

Las otras pérdidas

Thiago, el hermano menor de José y último hijo de Carmen Zúñiga, no sabe cómo es ir a un colegio de primaria. El año pasado, cuando estaba por comenzar el primer grado, se declaró el estado de emergencia y ya no pudo conocer a sus pequeños compañeros ni a su profesora. Dice que, así como es ahora, el colegio le gusta solo “más o menos”.

―Es que a veces no entro, porque se apaga el celular―cuenta con algo de timidez―. Quiero volver para aprender y para jugar.

Thiago extraña los recreos que gozaba en el jardín, quiere jugar con niños de su edad. En casa, despliega toda esa energía contenida por tanto tiempo: se desconcentra rápido, no le hace caso a sus padres. En sus tiempos libres, su mamá trata de distraerlo con el apoyo de la familia. 

―Como ya todos estamos vacunados, ahora va más seguido a visitar a sus abuelos ―dice Carmen Zúñiga―. Ahí, aunque sea, se entretiene un poco.

Para el educador León Trahtemberg, el regreso a las aulas es fundamental porque los niños se están perdiendo de la dimensión social de la escuela: “Eso es absolutamente central. El ser humano es un ser social, que interactúa con otros y, a través de eso, aprende, desarrolla su lenguaje, su inteligencia, su creatividad, su entendimiento del mundo, su capacidad de convivir con otros y de aceptar reglas ―explica―. Si yo le quito la dimensión social a un colegio donde hay un maestro que tiene formación para estimularla, le estoy restando posibilidades en su vida [a los estudiantes]. Esas consecuencias pueden ser mucho más dramáticas que aprender tres capítulos menos de Física”.

Cuando hay dificultad para la comunicación virtual entre alumnos y profesores, las complicaciones pueden ser mayores. Elizabeth Carhuamaca, profesora de Innovación del colegio secundario público IE 46 Víctor Raul Haya de la Torre, en el distrito limeño de Ate, dice que alrededor del 20 % del alumnado no puede conectarse a las clases. “Pasa sobre todo con los alumnos que se fueron de Lima, porque sus padres volvieron a sus ciudades de origen. Son chicos que ahora viven en lugares con poca señal de internet”, cuenta. Pero si el estudiante está en la capital y falta mucho a las sesiones virtuales, añade Carhuamaca, el auxiliar, e inclusive el director de la institución, pueden ir a verlo a su casa, para saber qué le pasa.

JESSYCA SAMPE: IMPULSAR LAS COMPETENCIAS SOCIOEMOCIONALES, SOBRE TODO PARA LOS MÁS PEQUEÑOS, HA SIDO EL MAYOR RETO. 

essyca Sampe, gerente de educación de Innova Schools, también reconoce que el desafío más grande de estos meses ha sido el del desarrollo de la socialización: “Impulsar las competencias socioemocionales, sobre todo para los más pequeños, ha sido el mayor reto. Los maestros han tenido la preocupación de que entre los estudiantes se creen esos vínculos. Nosotros sabemos que ir a escuela y ver a tus amigos es una motivación inicial que engancha a chicos, por eso el maestro tiene que usar muchas estrategias”. 

El proceso no es sencillo, sobre todo por los difíciles momentos que atraviesan miles de familias. “Cada vez encontramos más estudiantes con procesos de ansiedad, estrés y hay también otros que necesitan soporte por las pérdidas humanas que se han tenido. Hay muchos estudiantes que han perdido a uno de sus padres, a sus abuelos”, cuenta Sampe.

En la casa de Carmen Zúñiga, en Villa María del Triunfo, nadie ha ido a un psicólogo en su vida. No saben si lo necesitan, ni siquiera se lo han preguntado. No hay tiempo, mucho menos dinero. Los días transcurren y la mujer y sus dos hijos —José y Thiago— solo esperan que en algún momento la situación mejore. 

―Pero ¿sabe? Yo creo que les irá mejor a los que tienen más medios ―dice Zúñiga―. Para nosotros, o peor para los que viven allá arriba en los cerros, seguirá siendo lo mismo.