“Ello se explica porque hay una forma de pensar y ver los problemas nacionales y sus soluciones transversal a las bancadas”.

Fuente: El Comercio

Hace unos días, el SAE de Apoyo Consultoría me invitó a hacer algunas reflexiones para sus clientes sobre el rol del Congreso en el período que se viene. La oportunidad de organizar mis ideas con ese propósito me lleva a pensar que en el próximo período este va a ser, para la política y la economía, quizás aún más importante y fuente de problemas que el Ejecutivo.

Por décadas tuvimos bancadas lo suficientemente grandes como para que solas o en alianza pudiesen decidir lo que desde el Congreso se hacía (o dejaba de hacerse). Fue eso lo que permitió gobernar, al menos en los primeros años, sin demasiados conflictos entre poderes a Toledo, García y Humala.

La enormidad de la bancada fujimorista elegida el 2016 llevó a su cúspide y a la vez a su final a este fenómeno. La historia es conocida: se llevaron de encuentro al gobierno de PPK, pero dado el salvajismo con que lo hicieron, se liquidaron en el camino.

Lo que empezó con el transitorio hoy en funciones es lo opuesto: nueve partidos minoritarios. Además, al interior de las bancadas hay también grandes dificultades para ponerse de acuerdo y actuar como bloques estables: la fragmentación de los fragmentados.

Si esa tendencia se mantiene, como hasta ahora indican todas las encuestas, tendremos un Congreso tan o más fraccionado que el actual. Es que la débil adhesión que suscitan los candidatos presidenciales, incluso para quienes son sus votantes, aumenta las posibilidades del voto cruzado, lo que permitiría a partidos sin candidato presidencial (Frepap) o sin uno viable pasar la valla (Partido Morado y Somos Perú, los más probables).

Ahora bien, a la vez nuestro Congreso es minúsculo. Con 130 curules debe ser uno de los más pequeños del mundo en términos per cápita. Si el Congreso tuviese 300 diputados y cuatro partidos sólidos, el Ejecutivo negociaría solo con los partidos, y los aspirantes a ‘prima donna’ tendrían poco peso, al menos en términos de votaciones. Sumado eso, a partidos casi inexistentes orgánicamente y con baja cohesión ideológica, así como a líderes que no lo son tanto, tenemos que el congresista individualmente considerado llega a tener una importancia desproporcionada.

Dada esa realidad, la obligada búsqueda de un Ejecutivo de construir alianzas estables de gobierno que permitan controlar el Congreso no será nada fácil para ninguno.

Es que la función congresal de perorar sobre las falencias es mucho más natural y fácil que comprarse el precio de una gestión gobierno, más todavía cuando esta puede transpirar debilidad desde el primer momento. Así, probablemente, la mayoría de las bancadas preferirá el fingido “apoyaremos al Ejecutivo en todo lo que sea bueno para el país” o el aún más gastado “seremos una oposición responsable y constructiva”.

Pero siendo tan fraccionado, por qué se logran votaciones frecuentemente con más de 100 votos, preguntó alguien en la referida reunión. Suena contradictorio, pero no lo es.

Ello se explica porque hay una forma de pensar y ver los problemas nacionales y sus soluciones transversal a las bancadas. Más todavía cuando muchos de ellos pudieron haber llegado al Congreso con la que hoy es su bancada rival.

¿Qué rasgos comunes comparten la mayoría de los congresistas? Para empezar, una visión relativamente simplista de la solución a los problemas. Seguida de un cortoplacismo exacerbado y una visión en la que el Estado tiene la capacidad de solucionar la mayoría de los problemas de inmediato y no lo hace por falta de voluntad. También, la casi nula reflexión sobre los efectos negativos posteriores de las decisiones tomadas.

Eso ayuda a explicar por qué cuando un grupo de ellos propone una “solución” fácil e inmediata a un problema complejo, el Congreso se trasforma en un todo unificado, una entelequia diferente, a saber, la de los congresistas. Una que puede llevar a 110 o 115 de ellos a aprobar despropósitos de tal calibre, que luego serán declarados inconstitucionales, por unanimidad, en el para todo otro propósito, también fraccionado Tribunal Constitucional.

En este escenario de fragmentación, pero a la vez de consensos para medidas ultra populistas, la tormenta perfecta se daría si el gobierno que emerja fuese tan populista como los congresistas y coincidan en múltiples medidas de ese tipo. Pero a la vez sigan siendo “híper fiscalizadores”, léase, que por quitarme estas pajas se censure a ministros o gabinetes enteros (esto último sea quien fuere quien gobierne).

De ser así, los fantasmas de la disolución del Congreso y/o la vacancia presidencial nos seguirán persiguiendo.

Ojalá me equivoque en mi escenario base (como dicen los economistas). Pero de darse, necesitaríamos más que nunca de una ciudadanía consciente, informada y de un mayor compromiso para participar y renovar la política. Solo así podríamos limarle sus peores aristas y llegar al 2026 con un país no tan magullado.